Aún recuerdo la agradable sorpresa que me llevé el día que tomé las primeras uvas prosecco. Eran los años 90 en una tarde soleada de Julio, cuando al llegar a Venecia nos recogía personal del hotel para llevarnos a pasar tres fabulosos días a la ciudad de los canales. Dejamos nuestras maletas en proa de la lancha, nos acomodamos en sus asientos desgastados y comenzamos a navegar suavemente mientras dejábamos que el viento desplazara nuestro cansancio después de ocho horas de coche.
No habían pasado dos minutos de ese instante, cuando el oficial nos obsequió con uno de los vinos más italianos y deliciosos, un Prosecco bien frío y espumoso.
El primer sorbo fue una clara percepción de sus delicados aromas frutales donde se podía distinguir los matices de la pera y el melocotón. El segundo, ya fue recibido con todos los honores y un suspiro de placer que nos hacía ser más conscientes de lo que estábamos bebiendo.
Al lado de la heladera donde permanecía la botella, observé unas pequeñas bolitas verdes que parecían golosinas. Pedí permiso con la mirada, cogí una con mis manos y al morderla sentí toda la frescura de la uva que rebosaba los mismos matices del vino que estaba bebiendo. Un ligero crujiente, gracias al azúcar que las cubría, enaltecía a este pequeño y refrescante bocado que lo hacía, aún más apetecible. uvas prosecco
Su elaboración es tan sencilla que no puedes dejar de hacerlas. Si no encuentras el vino Prosecco, siempre puedes utilizar un espumoso dulce o por qué no, un sofisticado champán.
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