Seguimos en temporada de la verde, redonda y compacta alcachofa, una de las verduras favoritas de mi madre. No hay semana en que no la incluya de una manera u otra en sus platos. En crema, fritas, confitadas, rellenas, y por supuesto sus predilectas: alcachofas estofadas.
Recuerdo que de pequeños a mis hermanos y a mí no nos hacían mucha gracia. Pero con el tiempo y las maravillosas habilidades de nuestra madre en la cocina a la hora de trabajar este producto, hemos aprendido a apreciarlas hasta tal punto, que al día de hoy ocupan un lugar privilegiado dentro de nuestra dieta.
Son saludables, depurativas, diuréticas, generosas en fibra, calcio y fósforo. A la hora de comprarlas asegúrate de que sus hojas están verdes, sin arañazos y bien apretadas para beneficiarte de todas sus propiedades. Su sabor está lleno de interesantes matices entre los que destaca una pincelada amarga y su regusto dulzón al final, y ésta es sin duda una de las notas que a todo buen amante de esta verdura, considerada el oro verde de nuestra tierra, le apasiona.
La alcachofa admite multitud de preparaciones e ingredientes que engrandecen aún más su delicado sabor. Comer sus primeros pétalos con los dedos y deslizarlos suavemente entre los dientes para extraer toda su suave carne, es una sabrosa experiencia que no te debes perder.
Como tampoco debes perderte esta forma de prepararlas para conseguir unas tiernas y excelentes alcachofas estofadas. El término estofar es una técnica de cocción que nuestras madres, sobre todo nuestras abuelas, utilizaban con asiduidad y que consiste en cocinar en un recipiente cerrado, lenta y prolongadamente un alimento ligeramente sumergido en sus propios jugos o caldos para aportar aún más aroma e intensidad. Un método nada complicado que realza aún más el gusto y la textura de este manjar vegetal.
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