Si buscas lubina salvaje de gran calidad, tus mejores meses son el otoño y el invierno, siendo el periodo de noviembre a marzo el más recomendable, que es cuando el agua se enfría y el pez se acerca a la costa para alimentarse y desovar. Es en estos meses fríos es cuando la lubina presenta una carne más firme, sabrosa y de mucha mayor calidad. A veces podemos ver lubina salvaje en verano, pero son ejemplares más pequeños, ya que, con la subida de la temperatura del agua, la lubina se mueve a aguas más profundas siendo más difíciles de pescar.
La principal diferencia es que la lubina salvaje se distingue por su carne más firme y un sabor más intenso, limpio y muy marino, resultado de una alimentación natural, come pequeños peces y crustáceos y de nadar libremente en el mar. Tiene un cuerpo más compacto, corto y ancho que la lubina de estero o de piscifactoría. Sus escamas están brillantes y bien alineadas. Sus aletas son más largas, la cola la tiene en forma de pico y su piel presenta una coloración plateada con tonos verdosos.
Por el contrario, la lubina de piscifactoría o de criadero, tiene una carne más blanda, menos fibrosa que se desmenuza con facilidad. Su sabor es más suave, mucho menos persistente que la salvaje, e incluso, podemos percibir esas notas de pienso, porque es de lo que se alimentan. Su cuerpo es más plano y uniforme. Sus escamas son menos brillantes y muchas veces vemos que incluso pueden estar desalineadas por posibles rozaduras. Tiene un cuerpo más alargado y fino y tonos más blanquecinos o grisáceos.
Y luego tenemos la lubina de estero que se cría en esteros, antiguos sistemas de salinas, marismas o lagunas de agua salobre comunicadas con el mar, donde el agua se renueva de forma natural con las mareas. Con las mareas entra el agua junto con pescado y marisco, que después quedan retenidos y crecen allí de forma natural. En algunos casos, además, se añaden alevines para que se desarrollen dentro del estero. Es un sistema de cría semiextensiva, con baja densidad de peces y un entorno muy parecido al natural.
A diferencia de la piscifactoría intensiva, aquí los peces viven con mucho más espacio, en un entorno muy parecido a su hábitat natural. Por eso se habla de un sistema de cría semiextensivo: no es totalmente salvaje, pero tampoco es una cría industrial.
Esta lubina tiene la carne firme, muy jugosa con un sabor más más intenso que el de la lubina de criadero, con un ligero toque salino que recuerda al mar.
A la hora de comprar lubina, lo primero que debemos hacer es mirar la etiqueta de procedencia y comprobar que sea lubina de origen nacional.
La lubina puede llegar a alcanzar hasta un metro de longitud y un peso cercano a los 10 kilos. Las que encontramos habitualmente en el mercado suelen ser mucho más pequeñas, con tamaños de entre 20 y 30 centímetros.
Los expertos coinciden en que una de las mejores lubinas salvajes de pesca artesanal sostenible procede de la Costa da Morte, en Galicia, que adem cuenta con distintivos de calidad como KM 0 o MarGalaica. Que una lubina sea KM 0 significa que se prioriza su comercialización cerca del lugar donde se captura, en lonjas, mercados y restaurantes locales, garantizando frescura y apoyando a la pesca tradicional.
Además, en España contamos con lubinas salvajes de gran calidad en el Cantábrico, el Golfo de Cádiz, gran parte del Mediterráneo y por supuesto, Galicia.
En el caso de que compremos la lubina de piscifactoría, es importante fijarse bien en la procedencia, ya que España importa gran parte de la lubina de cultivo de países del Mediterráneo, sobre todo de Grecia y Turquía, que son grandes productores de este tipo de pescado y también podemos encontrar lubinas de piscifactoría que llega desde Italia, Croacia o Francia.
Si optamos por lubina de piscifactoría nacional, en España se produce principalmente en zonas como la Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía, especialmente en Cádiz y Huelva,
Muchas veces compramos pescado y no le prestamos la atención que necesita: lo dejamos 3 o 4 días en la nevera sin consumir, tal y como nos lo da el pescadero, o lo compramos en bandejas envasadas y simplemente lo dejamos ahí. Esto hace que pierda frescura, sabor y textura.
La lubina es un pescado delicado, y una buena conservación es clave para mantener todas sus propiedades. Por eso, desde el momento de la compra, es fundamental cuidarla correctamente. Tienes dos opciones principales para mantenerla en buen estado: refrigerarla o congelarla.
En la nevera (1–2 días)
Para congelarla (varias semanas)
La congelación durante al menos 24 horas también nos asegura la destrucción del parásito anisakis, presente en algunos pescados salvajes. Al congelarlo hace que el pescado sea completamente seguro para consumir crudo o cocinado después.
Cómo descongelarla
La lubina es un pescado muy nutritivo, rico en proteínas de alta calidad, vitaminas del grupo B y minerales como fósforo, potasio, selenio y omega-3. Todos estos nutrientes se deterioran rápidamente si no se conserva correctamente o se expone a temperaturas inadecuadas.
Si la lubina permanece muchas horas fuera del frío o mal refrigerada, las bacterias pueden multiplicarse, la carne se ablanda, aparece un olor fuerte y el sabor se vuelve rancio, aunque a veces estos cambios no se noten a simple vista.
Cuando la conservación no es la ideal, lo primero que se nota es una pérdida de calidad: la carne pierde firmeza y el sabor se vuelve menos delicado. En estas condiciones aún puede no ser peligrosa, siempre que el tiempo fuera del frío haya sido corto.
Sin embargo, si se mantiene demasiado tiempo o a temperaturas elevadas, puede desarrollarse una carga microbiana y producir toxinas que sí representan un riesgo de intoxicación alimentaria. Por eso, es fundamental consumir la lubina fresca en 24‑48 horas tras la compra, bien refrigerada, o congelarla si no se va a cocinar de inmediato.
La lubina es, junto con el bacalao, la pescadilla, la perca o la raya, uno de los pescados blancos más magros, con apenas 1,3 gramos de grasa por cada 100 gramos de carne. Su aporte en proteínas de alto valor biológico, vitaminas y minerales la convierte en un alimento muy saludable, recomendado por la Organización Mundial de la Salud.
Entre sus minerales destacan el potasio, fósforo, hierro, magnesio y sodio, y además aporta yodo, esencial para el correcto funcionamiento de la tiroides. También contiene vitamina B12, importante para la formación de glóbulos rojos y el sistema nervioso, y vitamina D, que ayuda a fijar el calcio en los huesos y refuerza el sistema inmunitario.
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