A estas alturas de Cuaresma toca preparar algunas torrijas horneadas con leche y vino para empezar a restar alguna caloría que otra. Pero no creas que al hornearlas pierden textura y sabor, ¡para nada!, resultan igual de deliciosas y suaves que las fritas en aceite.
Pese a tener un origen humilde, la fama de las torrijas ha crecido con el paso de los años y su consumo se ha extendido de tal manera que existen multitud de maneras de prepararlas: con miel, mermelada, chocolate, con café irlandés, la favorita de mi marido, de naranja, con mi especial salsa de caramelo, de limón etc… pero las clásicas y las conocidas en todo el mundo son las de leche y vino.
Una de las maravillas que siento cuando hago estas torrijas horneadas con leche y vino en casa, es el viaje que hago al pasado. Sin quererlo vuelo hasta mi infancia para recordar las fabulosas tardes en las que mi madre preparaba dos fuentes enormes que apenas duraban 24 horas. También es cierto, que éramos cinco criaturas ávidas e impacientes a que ella nos diera vía libre para empezar a devorarlas, y ya podía tener cuidado si quería reservar alguna para mi padre, porque nos lanzábamos con verdadera ansiedad. No era para menos, porque mi madre borda las recetas de las torrijas de miel y vino y las de leche y canela. ¡Nadie como ella las hace igual! Yo lo he intentado y lo cierto es, que se parecen bastante, pero cuando voy a verla y pruebo las suyas, me doy cuenta de que aún me queda mucho que aprender: madre no hay más que una y cómo la mía, ¡ninguna!.
¡Feliz Pascua!
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