La primera vez que probé esta tarta salada de tomates fue un maravilloso día de verano haciendo una excursión por el bosque, cerca de Navacerrada. Mi marido y yo paseábamos por uno de sus caminos buscando un lugar tranquilo y verde donde comer los fabulosos sándwiches que había preparado para esa mañana, cuando nos encontramos con un matrimonio algo mayor que comenzaba a preparar su picnic.
Al primer contacto visual con ellos le acompañó un cordial y mutuo saludo. Y tan solo una fracción de segundo después, mis ojos se fueron a la tarta de tomates que la mujer ponía sobre un mantel floreado lleno de luz. No pude por menos que decir: ‘…menuda pinta, hasta aquí llega el aroma de esos tomates…’. Ella, muy amablemente decidió entablar conversación para decirme que eran de su huerta, y que lo había horneado por la mañana.
Yo no sabía como decirle que me moría por probar ese pastel y que era capaz de dar todos mis sándwiches por solo un pequeño pedacito de su tarta. Y debió leer mis ojos, porque enseguida cogió un cuchillo y nos dio a probar. Su gesto y su voz demostraban un carácter afable, complaciente y muy respetuoso, su marido, un hombre robusto y elegante le animaba a cortar porciones más grandes para deleite nuestro.
Nada más coger la tarta en mis manos sentí su calor, aún estaba templada. Respiraba el dulzor de la cebolla caramelizada que contrastaba a la perfección con la acidez de los casi perfectos tomates cherry. El perfume de la albahaca que partió con sus manos allí mismo inundó mi nariz y me llenó los pulmones con su personal aroma. Y cuando llegó el momento de probarla, la acerqué a mi boca y cerré mis ojos para saborear intensamente el primer bocado. Luego vino el segundo y el tercero…. Así, hasta que al final me encontré con mis dedos que indicaban, lamentablemente, que el pastel se había terminado.
El resto del día lo pasamos con ellos, nosotros compartimos nuestros bocadillos y frutas y ellos su tarta salada de tomates y un fabuloso jamón ibérico. Fue un fantástico domingo que recordaremos siempre.
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