Muchas veces las mejores cosas de la vida son las más sencillas y simples, como nuestras históricas torrijas. Aquí no hay que recurrir a esferificaciones, ni espumas, ni al nitrógeno líquido o aerosoles para hacer que un postre se convierta en un cuadro realmente hermoso y deliciosamente rico.
Volver a lo simple, a nuestras tradiciones, a las recetas de nuestras abuelas, puede ser, y es, lo más acertado. Esto no quiere decir que no podamos ‘retocar’ o hacer variaciones con algunos de nuestros platos más clásicos. Podemos innovar, ¡por supuesto que sí! pero sin perder nunca el respeto a su origen.
Digo esto, porque hace poco mirando internet se puso ante mí una nueva versión de torrijas que ha alterado mi paz. Por lo visto, se puede cambiar alegremente el pan blanco de miga, por un pan de semillas integral e incluso por un pan de molde. O la cremosa leche sustituirla por una aguada leche desnatada, o lo que es peor aún, eliminar el azúcar para incorporar un edulcorante artificial. Y aún así, trasformando por completo toda una historia, tienen el atrevimiento de seguir llamándolo torrija…
Personalmente considero que estos movimientos tan drásticos, desfavorecen ¡y mucho! el sabor y la textura original. Incluso, sin darnos cuenta nos vamos alejando cada día un poquito más de nuestras raíces.
Así que, volviendo a nuestras tradiciones voy a recuperar la esencia de una cremosa y perfecta torrija de vino, la favorita de mi madre. ¿Los trucos? pocos y sencillos; un buen almíbar de vino blanco, unos segundos de reposo para que el pan una vez empapado se deslice por unos huevos bien batidos. Y por supuesto, el control de la intensidad de un buen fuego, es lo que debes orquestar para disfrutar de una de las mayores tentaciones que nos regala la Cuaresma, ¡las torrijas!
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