Salmorejo, es tomate, es miga de pan, es ajo y es nuestro aceite de oliva. Cuatro ingredientes rebosantes de virtudes que juntos viven en perfecta armonía para regalarlos unos de nuestros platos más andaluces y reconocidos.
Pero no siempre fue así, su antecesor, la mazamorra, se hacía con pan, agua, almendras, ajo, vinagre y aceite de oliva. Era el alimento básico de las tropas romanas hasta que en siglo XVIII se empezó a cultivar el tomate y se le incluyó como ingrediente estrella para pasar a tener la identidad de salmorejo.
Para hacer esta espesa crema fría debes tener en cuenta algunos trucos sencillos e imprescindibles que harán que consigas un salmorejo con una textura, color y sabor insuperables. Mi abuela, siempre decía que todas las recetas que se sirven en frío necesitan un poco de magia para despertar los sentidos de las papilas gustativas, ya que el calor en los alimentos es un delicado potenciador de sabor con el que no cuentan muchos de los platos veraniegos.
Quizás por eso, al salmorejo también siempre se lo acompaña de un buen jamón ibérico y un huevo cocido. Dos buenos amigos, que juntos hacen el trío perfecto para comer bonito.
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